EL Observador

11:28 hrs. Lunes 31 de diciembre de 2012 Marco López Aballay

Tierra entre fango y otras canciones

Al entrar en las páginas de este poemario de Paola Leiva Fernández, nos encontramos con una sólida voz femenina. O dicho de otro modo, una poeta que luce su mejor traje; sensible, dolorosa, mágica, espiritual, encantadora, fatal, denunciadora.

Entiende -por un lado- que la poesía se construye con piedras del mejor lenguaje, ése que penetra entre múltiples almas sedientas de palabras; mujer obrera, estudiante, profesor, lector común, poetas, encontrarán la magia que sostiene estos versos que mezclan a un Putaendo histórico y actual, un universo que se desmorona a pedazos, para luego reconstruirse en un plano que supera lo físico, quizás sea lo fantasmal, el recuerdo que persiste entre estos versos llenos de vitalidad creadora.

En la primera parte de este libro "Tierra entre Fango", Putaendo se convierte en Macondo de Cien Años de Soledad, en donde se muestran pedazos de leyendas, ritos, en un desierto lleno de misterio y sabiduría. Así también, los personajes pululan de un lugar a otro denunciando muerte, tristeza, abandono. Aunque a ratos aparece la magia -esa mínima cuota de esperanza- en un cordel a punto de romperse a pedazos.

La poesía de Paola Leiva nos transporta a las zonas íntimas y mágicas de Tellier, o de Rolando Cárdenas y su coterráneo Marino Muñoz Lagos. Pero Paola no se detiene en la contemplación, en el recuerdo pasivo y encantador; tras esos versos hay denuncia, búsqueda de justicia, como un espíritu que espera verdad.

Es decir, el objeto poético cobra vida, la palabra es significativa y busca el sentido del cuadro pincelado. En ese sentido, me parece notable el esfuerzo, el doble juego poético; encantar, pero a la vez tomar conciencia que la belleza está rodeada de espinas invisibles que clavan el corazón y oscurecen la realidad.

En la segunda parte "Y algunas canciones", el discurso se diversifica. Por un lado, tenemos la cita a sus autores favoritos; Jorge Tellier, el cual nos aparece en un cuadro desconsolador, quizás demasiado doloroso y desesperante. Pero, por otro lado, está Pedro Lemebel, observamos una suave ironía, cargada de complicidad y gestos amigables.

A ratos, el discurso -en esta segunda parte- se torna agresivo, denunciador. Y temas como el dinero, políticos, televisión, capitalismo, patrón, obrero, se entremezclan con personajes y lugares simbólicos; me refiero al Che, Manuel Rodríguez, o el Valle de Aconcagua.

Ahí notamos que en esa mezcla está la poética de Paola Leiva, es decir, la denuncia de la eterna injusticia, la vulnerabilidad; la compleja condición humana arrastrando sus errores y aciertos en un universo inacabable.

En general, considero a estos poemas y cantos esperanzadores, en el sentido del paisaje, el cuadro estrictamente poético, con una mínima movilidad, en donde la poeta se pasea por paisajes eternos, cuya retina está conectada a un corazón que escribe pulso a pulso su cosmovisión.



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