EL Observador

10:26 hrs. Lunes 24 de diciembre de 2012 Renato Achondo Pizarro

La maravilla de los adelantos tecnológicos

"Quizás qué cosas maravillosas en adelantos tecnológicos les tocará ver a ustedes", nos decía mi abuelo, durante esas largas conversaciones que teníamos con él cuando éramos niños. No existía televisión, teléfonos celulares y menos computadores, la conversación con él era una de mis entretenciones preferidas. Era mi abuelo, un fanático de los adelantos tecnológicos y fuente inagotable de información.

Había llegado a los 15 años desde Taltal a Santiago, en 1910. Vivió la transformación del tránsito de la capital desde los coches, tranvías y carretelas tiradas por caballos, a los automóviles, góndolas (micros) y camiones impulsados por un motor. Contaba cuando vio por primera vez un avión (aeroplano le llamaba) en un potrero de Colina, cerca de Santiago, su primera conversación por teléfono, escuchar noticias y música.

Cuando entré a la universidad, me fui de Quillota a vivir en su casa de Viña y tuvimos la experiencia maravillosa de ver juntos la llegada del hombre a la luna, transmitida en directo por la televisión. "Jamás pensé llegar a ver esto", me decía emocionado mientras secaba sus lágrimas.

Ahora que soy abuelo he tratado de conversar con mis nietos y contarles de cambios tecnológicos que me ha tocado vivir. Ha sido algo difícil. Están metidos en sus tablet o en el teléfono celular conectado a Internet, tienen allí el mundo en su mano y parecen no necesitar nada más. Escuchan música, ven televisión, envían y reciben mensajes, fotos, videos, conversan cara a cara con un amigo en EE.UU. y un gran etc., porque debe haber muchas cosas que se pueden hacer y las desconozco.

Aparte de las comunicaciones, me impresionó la semana pasada el auto nuevo de un amigo, su teléfono funcionaba con el computador del vehículo, las llamadas se veían en su pantalla y se escuchaban por el parlante de la radio. Al llegar se detuvo para estacionar y soltó el volante. Apareció en la pantalla el sector posterior y el auto se estacionó solo. Lo único que puedo decir ahora, como mi abuelo: "Que cosas maravillosas les tocará ver a ustedes", los jóvenes que leen esta columna en "El Observador" de papel, en su tablet o en su teléfono conectado a Internet.



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