EL Observador

17:35 hrs. Viernes 30 de marzo de 2012 Maurice Le Cerf Aravena

Reflexiones sobre el silencio

A quienes participamos en el aprendizaje y ejecución de la música o a aquellos inventan nuevas obras musicales, se nos enseña la importancia de cómo crear y/o recrear esos sonidos. Se nos habla de las teorías de armonía y contrapunto que rigen tales combinaciones y de las diferentes pautas estilísticas que debe encerrar la ejecución de una obra, pero rara vez se nos hace ver el papel que juega el silencio dentro de una obra musical.

El silencio entre dos notas es como la noche entre dos días, permite un descanso del oyente que lo prepara para la siguiente secuencia de sonidos. Una máxima Pitagórica dice: "El silencio es la primera piedra del templo de la filosofía", y si aplicamos este aforismo y coincidimos con Stravinsky en que la creación musical es un proceso de especulación de una especie de filosofía creativa, podremos convenir en que el silencio es el punto de partida de ese proceso. La creación musical reside en poblar ese vacío sonoro existente con una combinación lógica de sonidos.

Si la música encuentra en nuestra alma un eco, una respuesta emocional, es porque en el hombre también encontramos el silencio, aunque eso sí, mezclado con muchísimo ruido. Como dice Omraam Mickhael Aivanhov (maestro espiritual francés de origen búlgaro), "el ruido retiene al hombre en las regiones psíquicas inferiores, le impide entrar en ese mundo sutil en el cual la visión es más clara y el pensamiento más creativo, mucha gente confunde el silencio con la soledad y es por ello que temen al silencio, pero el silencio es un lugar habitado por la armonía de los planos físico, astral y mental, además es la región más elevada de nuestra alma, y en el momento que entramos en ella, entramos en la luz cósmica...".

Dos personas unidas por amor pueden pasar gratos momentos en silencio mientras que en un matrimonio desavenido el silencio del otro es motivo de irritación. Por otro lado la meditación, la contemplación mística y la vida monástica siempre se asocian con el silencio. Cuando permanecemos en el "silencio consciente" nuestra mente se aclara, se armoniza y se ahonda, desarrollamos sensibilidad, afinamos nuestra percepción sutil, aparece esa paz de la que surge toda la actividad, acumulamos energías físicas, afectivas, mentales y espirituales; nos ponemos en sintonía con el poder creador único, y éste se expresa en y a través de nosotros.

Vivir desde el silencio es en sí mismo un acto de creación constante, ya no somos quienes quieren producir un resultado, somos la creación ya que todos nuestros actos nos convierten en la expresión de este proceso creativo. Por lo tanto me quedo con ese viejo aforismo "si las palabras no son mejores que el silencio, es mejor callar".



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