EL Observador

9:49 hrs. Viernes 06 de enero de 2017 Gustavo Rodríguez Catalán

Mis recuerdos del tomate limachino

Crecí entre tomates limachinos, los de verdad, esa variedad jugosa, de forma irregular, traída por los inmigrantes italianos, mezcla de semillas genovesas y francesas, que uno podía comer al pie de la mata. Bastaba sacarle brillo, como a una manzana, echarle un poco de sal y listo.

Fueron largos años de veranos extrañamente frescos, en la parcela Santa Patricia de Trinidad. Bajo un parrón, el emprendimiento familiar iba creciendo, tal como yo ganaba en estatura. Mi abuelo José Rodríguez Naranjo se jubiló de la Armada para volver a sus orígenes en tierra firme, en pleno campo limachino y adquirió esas dos hectáreas y media, en las que producía un fruto que competía con los grandes productores, no en volumen, pero sí en calidad y en precio en los mercados santiaguinos, bajo la marca "JRN" de sus iniciales.

La parcela tenía una acequia, donde aún niño, solía capear el calor. Había varios tipos de duraznos, limones, uva, un castaño y unas peras diminutas. Todo lo presidía un árbol gigante para mis cortos años, al final del predio, donde los trabajadores decían que en las noches se veían espíritus saltando de rama en rama.

Don José era el dueño, pero trabajaba igual que todos. Araba la tierra con el Casiano, un caballo de pelaje entre alazán y castaño, al que bautizó así por un antiguo actor de cine. Canasto en mano, cortaba y acarreaba los tomates en las naves, insufribles saunas de nylon y madera. No había tecnología ni packings. Los cajones los hacía él mismo, martillo en mano y luego calculaba el calibre del fruto "al ojímetro". Los tomates se envasaban "pintones", porque debían soportar el viaje en camión hasta la capital.

El resto de la tripulación eran sus hijos, liderados por "El Toño", una especie de capataz de la parcela. Las niñas trabajaban en la cosecha y el embalaje. Las tareas más duras las hacía un grupo de jóvenes contratados -"Juanito", "El Chilote" y otros más- que vivían en las cercanías.

Mi humilde aporte, porque estos no eran juegos de niños, era pegar las etiquetas en los cajones con engrudo y luego escribir con un plumón si eran de primera, segunda, tercera o "rosca", que eran los tomates con deformaciones.

Así pasaba los veranos. Comiendo pan con tomate, celebrando en familia cada mil cajas, esperando que pasara el vendedor de pasteles y de helados o arrancándome a la cancha del club Trinidad, el mismo donde jugó mi abuelo y donde nació mi eterna pasión por el fútbol. Tuve el honor de vestir la camiseta amarilla con negro en un par de partidos a beneficio, invitado por Mario Vásquez, "El Chico Piña".

Ese emprendimiento agrícola, entre otras cosas, le dio seguridad a la familia y me permitió estudiar en un colegio privado. El beneficio duró hasta que el maldito cáncer se le echó encima al abuelo. Con él enfermo, la parcela no fue lo mismo y terminó vendiéndosela a otro agricultor. Hace un par de años, con mi hija aún en el vientre de mi esposa, llegamos hasta la puerta y les conté algo de esta historia. Son mis recuerdos del tomate limachino.



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