EL Observador

8:36 hrs. Martes 03 de enero de 2017 Miguel Núñez Mercado

Retrato de Raúl Morales Álvarez

No era desconocido para mí el personaje que aparecía en el retrato, trazado por mano ágil y dispuesto, de manera especial, en un costado de la chimenea de su casa. Lo refrendaba la firma ininteligible de algún pintor de la vieja guardia, aunque con una frase que aún da vueltas en mi cabeza: "A Raúl Morales Álvarez, preso por defender la dignidad de la Patria".

Había llegado hasta su casa quillotana -desde donde lanzó hasta sus últimos cartuchos- con la intención de entregarle un libro póstumo de su amigo Hugo Goldsack Blanco -cófrade de la misma bohemia y alquimista en la palabra ruda del periodismo- y con la secreta esperanza que me ayudara a descifrar el puzzle de cenizas en que se había convertido el descarnado.

Me extendió su mano y no sé por qué razón aquel gesto de recibimiento me pareció una despedida. Como si aquella extremidad se multiplicase y yo fuera el privilegiado testigo de la partida de una generación de hombres de un metal muy distinto al nuestro.

Los nombres de cada uno de los viejos diaristas, recordados en una sucesión interminable se agolparon en mi cabeza como los tipos de mi vieja Underwood de entonces, mientras mi imaginación estampaba, a cuatro columnas, cada uno de los hechos noticiosos que hicieron abrir los ojos, el corazón o las tripas de más de medio siglo de chilenos.

Un trago de whisky y la lámina casi invisible de su voz me sacaron de mis cavilaciones y escuché larga y atentamente sus palabras que decían de tiempos -que a mí me parecían remotos- y de países y de gentes que duermen en mi memoria o en mis libros:

"Partí a Buenos Aires -contaba Raúl Morales- sólo con lo que tenía puesto. En aquéllos tiempos, a veces, los periodistas salíamos del país en forma intempestiva, porque habíamos adquirido la convicción que era mejor vivir bajo otro cielo y, otras tantas, porque a esa misma conclusión habían llegado oscuros personajes que, por azar de alguno de mis reportajes, habían aparecido como los más sórdidos de la historia patria".

Esa tarde no hablé mucho. Algunas cosas de Hugo Goldsack y algo más acerca de los injertos sintácticos a los que apela, como novedad, la generación a la que pertenezco o de los nuevos nombres que pretenden llenar con una vaso de agua el espacio oceánico que dejan, día a día, hombres de la talla de Goldsack o Morales Álvarez.

En realidad, me mantuve casi en silencio, como un remedo del retrato colgado en un costado de la chimenea, que, para la ocasión sólo servía de adorno, porque el whisky, repetido, calentaba las tripas como el aliento del demonio y la palabra, aunque tenue de Raúl Morales Álvarez prendía un fuego abrazador en la sangre y lo expandía en el aire movido por su lengua.



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