EL Observador

8:21 hrs. Martes 15 de noviembre de 2016 Mario Campos Vinet

"Que se vayan todos..."

"Que se vayan todos, oh oh oh, ooooh que se vayan todos, que no quede, ni uno solooooo...". Así debieron haber cantado a todo pulmón los muchachos de la Banda Cementera el pasado domingo, cuando terminaba el partido en que Unión La Calera cayó 0-1 ante Deportes La Serena.

Historia repetida. Entre el silencio de algunos y los insultos de la mayoría de las escasas 300 personas que llegaron al estadio, se configuraba nuevamente un escenario antes visto. Un "deja vú" con jugadores tomándose la cabeza, mirando el piso y otros contemplando la luna más grande en el cielo, sin explicación alguna, mientras los rivales volvían a abrazarse celebrando la victoria, esa sensación que en Unión La Calera parece olvidada.

El peor momento en años y, déjeme decirlo con todas sus letras, el peor equipo en décadas. Esa es la cosecha que han tenido las nefastas dirigencias que rigieron al club en los últimos cinco años.

Esas dirigencias que nos hicieron creer que todo lo que brilla es oro.

Pero claro está, mientras en la superficie el club relucía con campañas en Primera, tumbaba gigantes y lanzaba figuras al mercado, estas dirigencias carcomían los cimientos de la institución apoderándose de todo. Porque a Unión La Calera le sacaron diamantes y ahora, que no sirve, el club está prácticamente al abandono esperando la podredumbre.

En nombre de Unión La Calera todos los dirigentes se llenaron los bolsillos de plata. Vendieron desde Ramón Fernández a Rubén Farfán, pasando por más de una decena de nombres, pero ni un miserable peso fue puesto en el club de vuelta, porque la danza de millones fue a los bolsillos de los dirigentes que ostentaban su propiedad, entre quienes hasta había personajes que estaban presos.

Y ahora que el club agoniza, ya nadie se acuerda de cuánta "guita" dio. Simplemente está abandonado, con jugadores que ganan poco y que se van devaluando cada semana más; con un técnico que parece mago, porque a veces está, pero de repente desaparece en Chile y aparece en su país; y con dirigentes que dicen estar pero jamás han estado. O sea, la calamidad total. Un presagio de que todo lo que viene parece ser peor.

Por eso, la noche del domingo, cuando iba de vuelta a casa, el cántico de la barra me seguía dando vueltas: "Que se vayan todos, oh oh oh"...



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