EL Observador

9:09 hrs. Martes 08 de noviembre de 2016 Marisol Valdés Riffo

El sutil manto que nos envuelve

Hace unos días llegó a mis oídos el caso ocurrido en una oficina, donde una nueva funcionaria debió soportar que otro empleado, después de "cotizarla" de arriba a abajo le dijera sin ningún tapujo: "Tenís buenos cachetes" (y no se refería precisamente a sus mejillas).

Naturalmente la situación provocó bastante escozor entre las colegas de la mujer. Y era que no, porque cabe preguntarse qué pasa por la mente de un hombre que se siente con el poder como para lanzar semejante frase a una mujer, además, claro, de una líbido que debería orientar a su esposa y no a una compañera de trabajo. Y lo mismo nos sucede en las calles, donde solo por lucir bonitas, las jóvenes deben escuchar los mal entendidos "piropos" que, la mayoría de las veces no son más que vulgaridades. También me pregunto qué habría pasado en la misma situación, pero al revés: con toda seguridad se habría corrido la voz que la nueva funcionaria es "carne fresca", "buena pal leseo" o que le gusta "reírse en la fila".

En este contexto la única respuesta que se me viene a la mente es el velado machismo que muchos hombres practican aun en el siglo XXI. Y no solo es un problema de los hombres. Lo es también, en gran medida, de las mujeres, que hablamos de igualdad, levantamos pancartas, salimos a marchar, pero que aún toleramos que el garzón le ofrezca catar el vino al hombre o hacemos frente común con los hombres frente a una mujer que vive su sexualidad "a su pinta" tildándola de "puta" u otros apelativos y ven con toda naturalidad, sin embargo, que un hombre en la misma situación, sea un "campeón en la de cuatro perillas". Más simple aún: vemos como natural que ciertos diarios publiquen fotos de mujeres cuasi desnudas, avalando implícitamente el concepto de "mujer objeto". Y así podría llenar páginas y páginas con ejemplos.

Se trata de un sutil manto cultural que nos cubre a diario, a hombres y mujeres y que lleva a algunos machitos de este país -no todos, claro- a creer que porque ganan más dinero o porque son "el hombre de la casa" pueden disponer de sus... no, de LAS mujeres -porque no son propiedad de ellos- a su antojo.

Cambiar ese paradigma lleno de lugares comunes es fundamental para evitar más femicidios como el que acaba de ocurrir en Quillota. Y no sólo más femicidios, que son el clímax de esta permisividad social que legitimamos, sino también de hechos como el que inició esta columna, que parecen triviales, pero que forman parte de la trama de ese sutil manto social que nos cubre y que también nos agobia.



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