EL Observador

9:32 hrs. Viernes 16 de septiembre de 2016 Mario Campos Vinet

Un país sin memoria no tiene presente

Septiembre es, por lejos, el mes más alegre de todo el año para los chilenos. De eso no hay duda alguna. Reaparecen con fuerza los colores azul, blanco y rojo por todos lados, suena la cueca en cada rincón y los huasos y las chinas, de todas las edades, invaden con sus aperos las calles, las escuelas, las peñas folclóricas y las actividades de los colegios.

Más de alguien incluso anda tarareando alguna tonada, cueca, polka o ritmo criollo. Si hasta los defensores de los animales aparecen con más fuerza reclamando contra el rodeo, a mí entender, una forma legítima de maltrato, aun cuando sus defensores lo nieguen.

Pero en resumen, durante septiembre la gente se prende, anda más simpática, menos mal genio y hasta aquellos trabajitos extras en la "pega" son asumidos con algo de alegría. Total, es "18".

Los odiosos ya no tocan la bocina en el semáforo ni rezongan cuando quieres pagar con tarjeta o cheque en la caja del supermercado. Es como si se produjera un razonamiento colectivo, a nivel nacional, de que todos somos hijos de la misma patria, chilenos para bien o mal, y que al final estamos más unidos que desunidos.

Pero esto solo pasa en septiembre. Porque la verdad de las cosas, que el resto del año los CD de cueca viven perdidos y rayados, los trajes de huaso y china se ponen a la venta- sobre todo si le quedaron chicos al niño o niña- y la chilenidad se va "a las pailas".

Si bien se entiende que las ramadas reviven una tradición republicana de antaño, está claro que para mantener vivo este ambiente, que es de un país más fraterno, unido y nacionalista ?en el buen sentido-, es indispensable que la educación garantice el aprendizaje de temas básicos.

Porque la memoria chilena es frágil, y así como somos débiles para olvidar las promesas políticas sin cumplir, también olvidamos nuestros valores, de manera que cada vez se hace más necesario que el Estado se haga parte activa en esto. Porque a mis años, y con la formación de docente que recibí, me sigo preguntando: ¿cuándo será el día en que aprender a bailar cueca sea obligatorio en los colegios? ¿O esperaremos a que muera el último mapuche para darnos cuenta que el mapundugun debimos enseñarlo a nuestros jóvenes? Porque un país sin memoria, no tiene presente. Y hoy nuestro presente, solo dura un mes.



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