EL Observador

8:33 hrs. Martes 06 de septiembre de 2016 Omar Valdivieso Véliz

Ayer vi a un inmigrante

Ayer vi a un inmigrante...y el corazón se desbordó de tristeza. Estaba sentado en el fondo de un paradero. Era de madrugada y hacía frío. Tenía las manos entre los muslos, con una larga bufanda y un desteñido jockey intentaba retener un calor que no conseguía. Era negro como la noche y sus ojos blancos miraban el suelo, imperturbables. Más allá, un grupo de morenos esperaba un micro que no les servía y en un ininteligible castellano preguntaban por una dirección que nadie conocía.

Recordé mis años de vagabundeo y la enorme sensación de alegría cuando escuchaba un ¡apúrate weón...! en algún rodoviario, intentaba acercarme a los mochileros en una frontera paraguayo-brasileña, reían y echando la talla, se alejaban y se me perdían por las callejuelas de aldeas ignoradas. Esa mágica palabra me volvía mi patria, a mi barrio, a mi gente, y como si me desdoblara, volaba sobre mis seres amados mirando desde arriba el acontecer cotidiano que sucedía a muchos kilómetros de distancia.

Me lo imaginé en el Caribe, en su selvática Colombia, o en su desconcertado Haití, o en un barrio pobre de la República Dominicana, con deshilachados pantalones cortos, una agujereada camiseta sin mangas, a pies pelados compartiendo feliz con su familia, riendo con sus amigos, bañándose en un río o pescando en una mar transparente. Desarraigado, lejos de su cultura, de sus aromas, de sus bailes, era una pálida sombra en una caseta de la ruta a Quintero.

Ahora enfrentaba el frío, a las miradas impertinentes de gente no acostumbrada a su color de piel, a algún magro salario de un patrón avaro, a comidas extrañas, a ritmos que desentonaban con la candencia de su cuerpo, todo le resultaba distinto, pero no solo las contingencias políticas obligan al exilio, las desventuras económicas también fuerzan a abandonar las raíces. En ningún momento pensé en un delincuente que sobrepasó los controles policiales, ni en un extranjero que viniera a quitarles el trabajo a los nuestros, ni en un indocumentado clandestino, solo pensé en un pobre infeliz que buscaba entre nosotros la oportunidad que con seguridad no tuvo en su tierra.



Portadas El Observador


 
 

Casa Matriz
La Concepción 277. Casilla 1 - D.
Quillota, V Región, Chile.