EL Observador

9:14 hrs. Viernes 15 de julio de 2016 Eduardo Osorio

Como Penélope

No hay cosa que atraviese más transversalmente a un país que los trenes. Paradojalmente Chile, en cambio, les negó el agua y la luz, y les cortó la respiración por anticomerciales. Ahora se añoran como a un amor de juventud. Mi padre nos "petrencaba" en la Estación Mapocho para venir a ver el clásico Wanderers - Colo Colo, y éramos los fulanos más felices del mundo con mi hermano. Nada se nos metió mas en el disco duro, que llegar a Llay Llay, La Calera, Quillota, y ese epílogo cinematográfico de la llegada apoteósica a Valparaíso era eso, de película.

Miradas como un collage que permanecen en el museo de nuestra memoria. De pasajeros que bajaban y subían, de inspectores, y de vendedores de dulces, sanguchitos, pollos, gallinas y huevos duros.

"A la Violeta", decía mi padre como un trofeo oral, "una vez la vi bajarse en Llay Llay, impaciente y con las faldas arriba en la tierra del "viento-viento", mostrando los calzones y todo por ver al amor de su vida, ya que los demás fueron "caletas". "Abajo, Lucho Cereceda, su primer marido, padre del Ángel y de la Isabel, la estaba esperando en una bicicleta toda destartalada, y nadie del tren se dio cuenta".

"Ahora, ese pedazo", agregaba, "entre La Calera y Valparaíso, es como trepar a Katmandú, y te imaginas los sembrados de adormideras, algodonales y tabaco". Para terminar filosofando: "El tren es un antidepresivo, mirándose la cola en las eses de los cerros, echando humo haciendo figuritas, con su chucuchuchuchu y piteando como loco...".

Murió contando esto. Se volaba, y nadie lo pescaba, hasta que un día leí en una revista "En Viaje" de Ferrocarriles del Estado, hoy en extinción, que el tren, y parece que lo escribió Coloane gran colaborador de esa publicación, era "la arteria aorta de un país", y se lo creí hasta los tuétanos. Entonces me vine a la estación de La Calera. Y me senté a esperarlo como Penélope, por si regresa...



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