EL Observador

15:03 hrs. Viernes 19 de febrero de 2016 Gustavo Boldrini Pardo

Caminando por la calle Humeres

En Cabildo todavía se habla de "la Idita". Un mito muy atento a la geografía local, también al mar; que reconoce una neblina fantasmagórica y que al final es fraterno con la estrechez del pueblo y el vivir "entre cerros" y el río.

Así es este mito fundador: antes -más que ahora- ya tarde o en la mañana, venida desde el mar se veía correr río arriba una espesa neblina, de funestos presagios. "Por donde ella pasaba a alguien se llevaba" es el estribillo que resume el poder envolvente y mortal frente de aquellos que se ponían en su camino.

Existió también la Idita, una vieja samaritana que ejercía de yerbatera y visitante de enfermos. Una vez, una moribunda le regaló una imagen de la Virgen de Montserrat. "Nada le ocurrirá mientras la tenga en secreto", le dijo. La Idita la enterró en una quebrada, a las afueras del pueblo.

Al tiempo, la anciana cayó enferma, pues fue tocada y envuelta por "la neblina de la muerte". La Idita le comentó al cura lo de la imagen enterrada. El sacerdote decidió desenterrarla, y con ello terminó la inmortalidad de la Idita.

Los que visitan o viven (muy atentos) en Cabildo cuentan del gran imperativo físico que al caminante impone la calle Humeres. Cualquier referencia, indicación vial, de tránsito o dirección, tienen que ver con el mandato de esta calle principal. Y recorrerla, de algún modo, es una actitud que emula los gestos del curso del río Ligua y el del recorrido que hace la neblina mítica. No es algo consciente. El cuerpo, desde extraña fuerza, se ve obligado a deambular por esa longitudinalidad, entre el río y el cerro, sin que se tengan posibilidades o voluntad de salir de la calle.

Aún cuando existan otras dos vías en sentido nororiente y varias perpendiculares que llevan al río o al bordecerro, el magnetismo de Humeres hace que la gente permanezca o circule sólo en ella. Transgredir ese recorrido obligatorio es arriesgarse a la niebla que sube por el río; y transitar el bordecerro es trajinar sobre el secreto de ese antiguo entierro que propone la inmortalidad mientras nadie lo cuente.

Se puede percibir en el actuar colectivo de los cabildanos y en el modo de cómo ocupan el suelo, una hermosa conexión entre el mito y el habitar actual. El inconsciente histórico de sus habitantes hace que aún se respeten y sigan siendo un tabú los bordes de Humeres: el río y el cerro.

Mientras tanto, la ribera es para el cultivo y la ladera es residencial. En ella habita la mayoría de los cabildanos. El pueblo seguirá estando dentro de esos márgenes, evitando el "habitar espeso" dentro de la nube fatídica, e impidiendo la profanación de la vida enterrada que guardan las quebradas.

Los mitos conllevan otro tipo de fe. Vano es explicarlos. Son como una incursión a las profundidades de nuestra conciencia colectiva. El mar lejano, la neblina, un entierro, son símbolos donde residen o se concentran las claves de la realidad. Por eso, cuando intento racionalizar este mito, quizá esté desafiando trágicamente lo insondable del pensamiento simbólico; quizá esté exponiéndome a morir fuera de Humeres, allá, en medio de la neblina o en la quebrada.



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