EL Observador

15:49 hrs. Martes 22 de septiembre de 2015 Alonso Aranda Araya

El valle desde las alturas

Cambiar el punto de vista o el lugar desde el que se observa siempre resulta un ejercicio revitalizador. Así lo pude confirmar la tarde del sábado, jornada en la que tuve la posibilidad de sobrevolar en avioneta el valle de nuestra provincia.

El punto de partida del recorrido fue el Aeródromo "El Boco", ubicado en el sector poniente de la ciudad, en la localidad del mismo nombre, lo que fue posible gracias a la invitación del Club de Paracaidismo Deportivo "Nimbus", que funciona en el lugar junto al Club Aéreo de Quillota.

En la aeronave, un Cessna 175, viajé junto al piloto Óscar Arredondo Pinto, el instructor de paracaidismo Iván Zapata Rivas y el alumno del club "Nimbus", Julio Albarrán. Yo era el novato del grupo, por lo que seguí los consejos de cada uno de mis acompañantes.

A medida que la avioneta fue ganando altura, pude percatarme de la verdadera magnitud de nuestro territorio, de la belleza natural de los parajes en los que hacemos comunidad y que muchas veces pasan inadvertidos, por la costumbre de recorrerlos a menudo. Y también las casas, automóviles y demás posesiones materiales, se volvieron insignificantes.

Resulta impresionante ver la extensión del río Aconcagua, con todos sus brazos alimentando los campos, lo que necesariamente me hizo tomar conciencia acerca del cuidado del agua. A la vez, la cantidad de terreno fértil disponible, me ratificó que nuestras comunas deben crecer de manera vertical, para no perder esa riqueza natural.

La mayor altura que alcanzamos en la avioneta fue de diez mil pies, es decir, unos tres mil 500 metros de altura, con lo que superamos ampliamente al cerro La Campana, que posee una altitud de mil 800 metros. De todas formas, se vía como un guardián, junto a los demás macizos que rodean el valle.

Desde esa altura también era posible divisar la Cordillera de Los Andes, como una gran cadena blanca, mientras que al lado contrario, el Océano Pacífico parecía un extenso manto de terciopelo azul.

Al despegar los pies del suelo y tener una visión aérea del valle, más que quillotano, me sentí aconcagüino. No solo habitante de un lugar, sino parte de toda una cultura, de una forma de hacer vida. Definitivamente, mirar las tierras interiores desde otro lugar fue un ejercicio revitalizador.



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