EL Observador

11:34 hrs. Lunes 03 de marzo de 2014 Ana María Miranda Martin

Aporte de las ferias del libro a la difusión de nuevos autores y promoción de lectura

Ana María Miranda Martin / Licenciada en Arte - Centro de Arte y Cultura Alternativa Villa Alemana

Durante la época estival, numerosas ferias del libro se instalan en nuestro territorio, en un vano intento de emular la calidad y magnificencia de la que se instala en Santiago de Chile, característica que varía en directa proporción a los recursos de la localidad patrocinadora y donde el ente organizador determina la presencia de participantes, previamente inscritos. Evento, que entendemos, va dirigido prioritariamente a incentivar la lectura, a dar a conocer las nuevas obras de connotados autores y también la de los escritores emergentes locales, que autofinancian sus obras.

Bastará un escenario con equipamiento adicional para presentar los libros de ambas categorías de literatos, donde los primeros dispondrán de los mejores horarios precedidos de gran despliegue publicitario y apoyo comunicacional promovido por sus casas editoriales y distribuidoras, mientras los otros, miembros de talleres, agrupaciones, círculos y sociedades entre otros, continuarán precariamente prendidos solo a sus ideales, realizando la quijotesca hazaña anual, ofreciendo el producto de su modesto y solitario ejercicio literario, en locales que ellos mismos atienden y al que escasamente responden sus más cercanos.

Inaugurada la feria pululará entre los pasillos el también hipotético público lector. Diversos grupos etarios revisarán portadas, cotizarán precios y hojearán libros que difícilmente adquirirán. Experiencia que incluirán en conversaciones posteriores, acotando haberse fotografiado o visto de cerca al escritor de moda. Otros, utilizando dinero plástico adquirirán lo que la prensa ha determinado como los libros más vendidos, y no importando precio pagarán en cuotas aquello que se les ha indicado leer.

Mecanismo injusto: en donde un minúsculo grupo lector niega reconocer a los talentos de su entorno; un grupo mayoritario simplemente no lee, evidenciando su desinformación e ignorancia; algunos fingen intelectualidad, recreándose en revisar portadas incapaces de entender lo que leen; y otros, convencidos de que si la publicidad lo recomienda, necesariamente es bueno. Y sin duda lo es, para las grandes editoriales y distribuidoras que manejan a su antojo este lucrativo negocio, en donde la diversidad de miradas de estudiosos intelectuales independientes, nace condenada al vilipendio.

Conductas propias de una sociedad centralista, que necesita urgentemente repensar las falencias asociadas directamente a la formación lectora, educacional, valórica y cultural, para diseñar conjuntamente las rutas que nos permitan enmendar con objetiva seriedad, carencias y hábitos que de continuar nos sentencian a convertirnos en verdaderos autómatas al servicio de la economía.



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