EL Observador

19:12 hrs. Viernes 13 de diciembre de 2013 Eduardo Reyes Frías

Un cachalote varado

El cachalote que se varó en roqueríos de Concón causó molestia del vecindario ante la descomposición del cadáver. En respuesta a la inquietud pública, un biólogo marino entregó datos científicos del ejemplar y señaló la probabilidad que hubiera muerto por causas naturales, siendo finalmente llevado por las corrientes hacia el borde costero. No cabe suponer una caza clandestina. Además de la prohibición vigente, la industria del ramo dejó de operar hace 30 años en nuestro país, en adhesión a convenios internacionales.

La protección actual de las ballenas no implica olvidar el aporte histórico de Chile en el aprovechamiento de estos animales marinos que despertaron admiración en los antiguos navegantes y cronistas del Mar del Sur. La evidencia moderna y cercana para algunos lectores de "El Observador" estuvo en la Compañía Indus, cuya planta funcionó entre 1948 y 1967 en la caleta Quintay, al sur de Valparaíso, donde llegaban los buques cazadores con el producto de su actividad en alta mar. En menor escala, aunque más antigua, operaba la factoría de la familia Macaya en caleta Chome y en la isla Santa María, zona de Talcahuano. Las vivencias de los balleneros magallánicos quedaron en la bitácora de Francisco Coloane y en la novela "Mónica Sanders" de Salvador Reyes, ambientada en Valparaíso.

Vale recordar que en la década de 1960 las exportaciones de productos balleneros dejaron 800 millones de dólares anuales, en tercer lugar del rubro pesquero nacional. La sustentabilidad económica tenía su base en la productividad de la corriente de Humboldt, lo cual fundamentó la Declaración de Soberanía Marítima de 200 millas que suscribieron los gobiernos de Chile, Perú y Ecuador en agosto de 1952. En concreto, una defensa de los países ribereños frente a la incursión foránea de naves pesqueras en el Pacífico Sur, doctrina que después fue acogida en la Zona Económica Exclusiva de alcance mundial.

Una paradoja, en mirada retrospectiva, es que en la época de la Declaración de 200 millas la industria ballenera de Chile y Perú dependía de la abundancia de cachalotes en el ecosistema Humboldt. En cambio, los barcos fábricas y las flotillas balleneras más eficaces, procedentes de Europa, Rusia y Japón, concentraban sus faenas veraniegas en la Antártica.

Hasta que el despertar universal de la conciencia ecológica, avalada en acuerdos de Naciones Unidas, determinó en 1986 la suspensión indefinida de la captura y la explotación de todos los cetáceos. La salvedad, bastante discutible, apunta hoy a Japón, Islandia y Noruega que aducen fines científicos o la ?costumbre ancestral? de consumir carne de ballena. Menos mal que el cachalote no es comestible, por si acaso...



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