EL Observador

12:51 hrs. Lunes 25 de noviembre de 2013 Felipe Zúñiga Herranz

Reflexiones peri-comiciales

Felipe Zúñiga Herranz / Médico Psiquiatra

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Escribo esto sin mayores expectativas ni aspavientos. Sólo tengo incertezas o bellas dudas irresueltas. Tengo la oportunidad de reflexionar cotidianamente, (desde la provincia, desde los bordes), ante el dolor del otro; ese dolor que no se ve, que no sangra ni inflama, pero que desgarra más que cualquiera. Y ese dolor me lleva, aún sin quererlo, a las estructuras, al trillado análisis sistémico.

Porque Chile ha crecido, sin duda. Hay mucha plata circulando y es verdad que pocos se mueren de hambre hoy por hoy. Pero la tristeza mata como nunca. La tristeza ciudadana en los cuerpos obesos, envejecidos, cansados, ajados por la deuda, la ambición y el sinsentido desatado.

Porque el ?sistema económico? parece ser un poco más que la mera organización de los flujos de bienes y servicios. Cabría esperar que fuera (como los propios textos de ciencia económica recuerdan), un diseño y regulación de los modos de producción o, mejor aún, de las estructuras sociales derivadas de los mismos... y, si me apuran, debieran redundar en el planteamiento de un estándar mínimo de bienestar para el conjunto de seres que hemos dado en llamar humanos.

Simplemente me refiero a la Felicidad. Eso que de tanto manosearlo, se nos ha olvidado olímpicamente en toda reflexión supuestamente profunda respecto a nuestras vidas. Y, ojo, no me compro las éticas New Age. Ni leo a Coehlo. Ni menos creo que podamos vivir del aire. Porque, claro, efectivamente hay problemas concretos. No tengo la experticia sobre cómo generar y repartir los recursos para financiar la educación y la salud, ni tampoco estoy seguro que deban ser completamente gratuitas. Y, es obvio, que también deban definirse umbrales básicos de equidad. Pero aquí quiero escribir de Felicidad. Porque no es cierto que vivimos en una civilización hedonista: estamos simplemente atrapados en el deseo, en esa ansiedad constante que nos lleva siempre hacia un punto alejado de algo parecido a la esencia (de la cual también sabemos poco o nada).

Porque en algún momento histórico se nos puso la idea-fuerza en nuestras cabezas y cuerpos de que "más es igual a mejor". Y ahí, siento, jodimos todo.

Y, entonces, nos es muy difícil pensar en limitar la cantidad de plasmas que una familia vulnerable pueda tener en su vivienda social. Y, bueno, mejor no pensar en ese sexto continente de basura plástica flotando inmenso e indegradable en algún lugar del Pacífico. O en los tacos interminables del DF o Shangai. O en las miles de hectáreas que desaparecen a diario en el Amazonas. Porque el lucro es el motor del progreso, hemos escuchado. Y el lucro no es más que esa asíntota del "más es igual a mejor". No hay límites. No nos deben hablar de límites.

Y, ojo, tampoco soy experto en sustentabilidad. Estoy hablando de Felicidad, o de bienestar o del "mínimo malestar colectivo posible", si quieren. ¿Y que tendrá que ver todo esto con una definición de un modelo sanitario, educativo, urbanístico, vial, territorial? En fin. Ya escribí que, en los tiempos que corren, la tristeza mata como nunca. Con eso me quedo. Con eso quisiera debatir. Ya sabemos (o algunas posturas lo defienden) que esto es un Valle de Lágrimas. Pero, al menos, que esas lágrimas las podamos llorar acompañados. Eso.



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