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Publico el: 05/03/2010 15:19
Justicia y Sedaqad

Por: Francisco Valenzuela S.

Párroco

Parroquia San Antonio de Padua

El miércoles 17 de Febrero la Iglesia Católica dio inicio al tiempo de Cuaresma, con la imposición de las cenizas, tiempo litúrgico que se prolonga durante los cuarenta días hasta el Jueves Santo, incluyendo la Misa de la Cena del Señor. Este tiempo nos recuerda los cuarenta años que esperó Israel en el desierto para poder entrar en la tierra prometida; los cuarenta días que aguardó Moisés la manifestación de Dios en el Monte Sinaí; los cuarenta días que ayunó Jesucristo en el desierto, aguardando la fortaleza del Espíritu para cumplir su difícil misión.

La Cuaresma es un tiempo propicio para que los cristianos renovemos nuestro espíritu de adhesión a Jesucristo muerto y resucitado, y nos guiemos por el camino de una profunda y progresiva reflexión. Así, todos juntos hemos de prepararnos para la gran Celebración de la Pascua del Señor, liturgia central del año litúrgico.

Lo normal sería que todos los cristianos estuvieran interesados en participar activamente en su comunidad para vivir este tiempo con especial intensidad. Lamentablemente para muchos, especialmente para los más jóvenes, no pasa de ser un período más de la Iglesia en que los conceptos de penitencia, ayuno o austeridad, propios de la Cuaresma, no les dice casi nada.

El desafío para los pastores, equipos litúrgicos y catequistas se ve interesante, ya que hemos de esforzarnos para que los fieles conozcan la razón de ser de la cuaresma y puedan aprovechar este tiempo de salvación para vivir con alegría desbordante la fiesta de Pascua. En este sentido es conveniente recordar a los cristianos, a quienes se esfuerzan por vivir con fe, que la cuaresma tiene especial importancia dentro del ciclo litúrgico, ya que la festividad de Pascua necesita una seria preparación para unirnos a la Resurrección de Cristo.

El Santo Padre, el Papa Benedicto XVI, cada año nos entrega un mensaje motivador para este tiempo. En esta ocasión, su mensaje esta centrado en el vasto tema de la justicia, partiendo de la afirmación paulina: La justicia de Dios se ha manifestado por la fe en Jesucristo (cf. Rm 3,21-22).

El Papa inicia su reflexión recordándonos la definición común de justicia “dar a cada uno lo suyo”. Luego profundiza en qué consiste “lo suyo” que hay que asegurar a cada uno. Señala el pontífice: “El hombre vive del amor que sólo Dios, que lo ha creado a su imagen y semejanza, puede comunicarle. Los bienes materiales ciertamente son útiles y necesarios, pero la justicia distributiva no proporciona al ser humano todo lo suyo que le corresponde. Este, además del pan y más que el pan, necesita de Dios”. Señala San Agustín: “si la justicia es la virtud que distribuye a cada uno lo suyo… no es justicia humana la que aparta al hombre del verdadero Dios”.

Más adelante, el papa reflexiona sobre el origen de la injusticia. Tomándose del texto bíblico de Mc 7, 15. 20-21, señala que la tendencia del hombre actual, como la de los fariseos, es identificar el origen del mal en una causa exterior. Agrega Benedicto XVI, que “muchas de las ideologías modernas tienen, si nos fijamos bien, este presupuesto: dado que la justicia viene de afuera, para que reine la justicia es suficiente con eliminar las causas exteriores que impiden su puesta en práctica. Esta manera de pensar --advierte Jesús­ es ingenua y miope. La injusticia, fruto del mal, no tiene raíces exclusivamente externas; tiene su origen en el corazón humano, donde se encuentra el germen de una misteriosa convivencia con el mal. Sí, el hombre es frágil a causa de un impulso profundo, que lo mortifica en la capacidad de entrar en comunión con el prójimo”. El Papa se pregunta: ¿Cómo puede el hombre liberarse de este impulso egoísta y abrirse al amor?

En hebreo la virtud de la justicia se expresa con la palabra sedaqad que significa, por una parte, aceptación plena de la voluntad del Dios de Israel; por otra, equidad con el prójimo, en especial con el pobre, el forastero, el huérfano, la viuda. Los dos significados están relacionadas, señala el Papa, porque dar al pobre, para el israelita, no es otra cosa que dar a Dios.

Por lo tanto, para entrar en la justicia, señala Benedicto XVI, “es necesario salir de esa ilusión de autosuficiencia, del profundo estado de cerrazón, que es el origen de nuestra injusticia. En otras palabras, es necesario un éxodo más profundo que el que Dios obró con Moisés, una liberación del corazón, que la palabra de la Ley, por sí sola, no tiene el poder de realizar”.

El tiempo de cuaresma, que la Iglesia ha iniciado, nos permite descubrir que el hombre no es un ser autárquico, sino que necesita de otro para ser plenamente él mismo. Convertirse a Cristo, creer en el Evangelio, significa precisamente esto: salir de la ilusión de la autosuficiencia para descubrir y aceptar la propia indigencia, indigencia de los demás y de Dios, exigencia de su perdón y de su amistad. Esto se logra con el don de la humildad para aceptar tener necesidad de otro que me libere de lo “mío”, para darme gratuitamente lo “suyo”.

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