Soy de los que gusta viajar en micro. Cada una de ellas es un mundo aparte. Una burbuja vertiginosa donde puede pasar de todo. Para mí, una aventura cuatro veces al día. Como ocurre en la vida, uno puede terminar en su destino o en un hospital con la cabeza rota. Una micro es una pequeña sociedad, con todos los avatares que rigen la existencia.
A bordo se pueden vivir y aprender muchas cosas. Por ejemplo, uno puede saber lo que hace y lo que piensa el chofer. Es cuestión sólo de mirar las estampitas religiosas; la minas en pelotas; los banderines deportivos; las calcomanías con los nombres de las ciudades; y, las tiernas fotos de los hijos, con una leyenda inútil: “¡No corras, papito! ¡Te esperamos en casa!”.
Obviamente que aquél es sólo un buen deseo de niños. Ellos aún no comprenden lo que es la vida y no saben que el papá tiene que cumplir horarios y no puede andar a la vuelta de la rueda. De eso depende la marraqueta diaria.
Tampoco entenderían que tienen que hacerle el quite a los hoyos del Camino Troncal; hacer filigranas para no chocar por el enorme tráfico; cobrar el pasaje; entregar el boleto; achuntarle al semáforo; mantener la velocidad crucero; pillar al de la otra línea; aguantarse a los escolares; pelear con una pasajera porfiada; echarle la máquina encima al colega, etcétera.
Todo esto por unos pocos y manoseados pesos. El oficio de chofer es cosa de grandes. Si no lo creen, pregúntenle a la mina que -en algunos casos- llevan en el asiento del costado. Más allá de eso, las micros, como la vida, están llenas de normas. Hay una que me asusta: “Quite el seguro, apriete el gatillo y dirija el chorro a la base del fuego”.
En las micros, como en todas partes, uno se da cuenta que la justicia es letra muerta. En todas las máquinas hay letreros que advierten que no es posible fumar; que la radio tiene que ir con el volumen moderado; que hay que dar el asiento a los discapacitados y a las embarazadas y un largo etcétera.
Sin embargo, nadie hace caso al espíritu de justicia. Hay que ser bastante gallo para ir a pedirle al chofer que baje la radio (además que con el laterío nadie escucha algo); es imposible que un escolar se apiade en darle el asiento a una viejita; o que alguien se atreva a ir a la Seremi de Transportes a reclamar porque fue deficiente la atención a bordo.
Las leyes que protegen a los pasajeros en el interior de las micros no sirven para mucho. Son tan inútiles como el cartel que dice: “En caso de emergencia use el martillo para romper la ventana”: el problema es que la mentada herramienta ya no existe y, en muchos casos, no hay vidrio.
Es tan inservible el cartelito como la resolución que señala que los pasajeros deben bajar por la puerta de atrás. Como las normas que rigen en las micros -al igual que las que regulan la vida- son para violarlas, todos nos bajamos por la puerta de adelante.
Publico el: 05/02/2010 14:52
Un viaje en micro







